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Travesía en kayaks - Febrero/Marzo de 1994
TRAVESIA VILLA MARIA - CARCARAÑA
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El 25 de
febrero de 1994, a las 6:00 hs., MARIO ROBERTO ZANOTTI (32), RICARDO JUAN
ARATA (36) y ROBERTO ADOLFO MILANO (35), aficionados al remo desde hace muy
poco tiempo, se lanzaban a las aguas del Río Tercero para compartir
varios días de convivencia por las costas del mencionado y las del
Carcarañá.
Muchas eran las expectativas, muchas eran las ilusiones, muchas eran las ganas
de enfrentar el recorrido que había sido planificado cuidadosamente
meses atrás.
Ya estaba todo listo. Como siempre, en la despedida ribereña se encontraban
nuestros imborrables familiares que se bancan las particularidades de esta
disciplina y que ya venían organizando junto a nosotros el tan esperado
viaje.
Luego de que Martín Vocos, gentilmente nos acercara con los kayaks
pesadamente cargados, nos dispusimos a controlar todo el equipo que habíamos
preparado para que prácticamente no quedara afuera ningún detalle.
Al botar las naves, comenzamos a movernos por primera vez con la capacidad
de carga en su punto máximo. Cabe señalar que las mismas no
eran de travesía, sino que fueron diseñadas para recorridos
cortos donde no se requieren compartimientos estancos para distribuir carga.
La sensación primera fue extraña, ya que si bien costaba doblarlas,
nos daba seguridad en la estabilidad por encontrarse la línea de flotación
más sumergida.
En fin, entre saludos y consejos nos fuimos alejando poco a poco de Villa
María.
PRIMER
DÍA: (25/02/94)
La jornada se presentaba calma limpia y especial para nuestro emprendimiento.
Con el asombro de lo que habíamos comenzado a recorrer, fuimos adivinando
tramo por tramo los lugares por los que pasamos, ya que es frecuente que el
mismo se efectúe semanalmente a manera de entrenamiento.
Dentro de un clima de plena satisfacción, fuimos disfrutando y conjeturando
sobre cómo serían nuestros días, qué nos podría
suceder, con quienes nos podríamos encontrar, y muchas cosas más.
Pasadas las dos horas y media de remo, nos encontramos con nuestro viejo conocido
Puente Cárcano, resistiendo con su estructura de cemento el abrazo
de un gran número de ramas y troncos en sus "patas". Con
muy buen ánimo, decidimos seguir un tramo más para detenernos
a compartir el primer almuerzo. Casi una hora más tarde, entre bocados
y tragos, descansamos unos minutos, mientras se empezaban a disparar las primeras
fotos, comprobantes fieles de esta travesía. Cabe señalar, que
con la ayuda de nuestro estimado "monípode", (varilla construida
en madera con un soporte oscilante en un extremo, al cual se enrosca la cámara
fotográfica y el otro se encuentra terminado en una punta para clavar
en el suelo; de ahí su nombre, porque consta de una sola pata), hacía
posible que estuviésemos juntos en casi todas las tomas fotográficas.
Antes de continuar, revisamos la distribución de la carga para corregir
desbalanceos en el manejo de los kayaks y le metimos con todas las ganas apuntando
la localidad de Ballesteros.
Al llegar al puente que divide Ballesteros de Ballesteros Sud, fuimos recibidos
por un grupo de chicos que se hallaban disfrutando de la espléndida
tarde. Teóricamente, habíamos concluido nuestro primer día
de remo. Todavía quedaba mucho tiempo para poder continuar. Hechamos
un vistazo a lo que el lugar nos ofrecía (poco), compramos algunas
bebidas frescas y hablamos por primera vez por teléfono avisando que
continuábamos unos kilómetros más, para ganar tiempo,
por las dudas las condiciones climáticas de algún día
nos fuera desfavorable.
Fue así que, aconsejados por el Sr. Fissore, propietario del bar, nos
dirigimos directamente en busca de la Estancia La Atalaya, donde solicitaríamos
lugar para acampar.
Al llegar a ésta, nos encontramos con la sorpresa que sus costas eran
casi impenetrables, altas y cubiertas de espesa vegetación. Hicimos
un acople triple y valiéndonos de las ramas de los árboles que
caían sobre el río, pudimos, luego de caminar unos cuantos metros,
llegar al casco de la estancia y dialogar con el encargado, Sr. Gómez.
Luego de presentarnos, de dar nuestra procedencia y de explicar el fin de
la travesía, fuimos aceptados gustosa y gentilmente a pasar la noche
en el lugar.
La hospitalidad campesina es impagable, espontánea, sana, amistosa,
a tal punto de hacernos sentir a veces un poco incómodos con excesivas
atenciones. Por ser el primer día no nos podíamos quejar, al
contrario, habíamos hecho más kilómetros que los planificados
y estábamos por pasar la noche en un lugar casi familiar, ya que en
él dimos con gente conocida.
Tras circundar la estancia en busca de un lugar más apropiado para
subir las embarcaciones, salimos definitivamente del agua. Un "lindo"
pantano, poblado de pequeñas acacias cubiertas de puntiagudas espinas,
que formaban un escenario digno de algún paisaje amazónico,
parecía estar esperándonos para que lo cruzáramos con
los pesados kayaks al hombro. Entre patinadas y tambaleos, llegamos a un tinglado
abierto donde dispusimos las embarcaciones. Y mientras el fuego empezaba a
arder para comernos unos ricos chorizos a la parrilla, comenzamos a desalojar
todos los elementos para armar campamento.
La noche había caído y la luna iluminaba cada rincón
del campo. Entre tanto, la charla con los lugareños se entremezclaba
con flashes de nuestra cámara fotográfica, la cual reflejaría
todas las vivencias de esta expedición. Cabe destacar, que por las
atenciones recibidas, dimos nuestra palabra prometiendo el envío de
cada toma fotográfica a los ocasionales colaboradores de esta travesía.
Habíamos recorrido aproximadamente 60 km. y como cierre del día
nos dimos una fría ducha en un baño típico de campo,
la cual nos mandó casi imperceptiblemente a inflar las colchonetas
y a tirarnos de cabeza a dormir entre litigios limítrofes dentro de
la carpa.
SEGUNDO
DÍA: (26/02/94)
La Atalaya despertaba junto al canto de los gallos y nosotros con el agudo
silbido del reloj que nos marcaba las 5:30.
El segundo día había comenzado, y debíamos continuar
el viaje. Desayunamos, levantamos el campamento, tarea que nos lleva aproximadamente
dos horas y media, y cargamos los kayaks con el cuidado de una óptima
distribución.
Al hacernos al pantano, nos dimos cuenta que este había aumentado su
nivel de agua, cosa que justificamos al llegar a la orilla del río
cuando comprobamos que había crecido.
Las imponentes barrancas, casi rojizas, y el sol espléndido que nos
comenzaba a acompañar, hacían de perfecto marco a la entusiasta
salida. Cada día disfrutábamos más de la naturaleza.
La fatiga no se notaba porque se vivían a pleno todos los momentos
que alguna vez imaginamos cuando planificamos el viaje.
Ya emprendiendo camino hacia Morrison, empezamos a atravesar pasajes diferentes
en lo que hace a la geografía del terreno. El trayecto se repartía
entre curvas y contracurvas, lo que hacía que el sol, a veces, estuviera
al frente y en otras ocasiones a nuestras espaldas. El trayecto se nos hizo
largo y algo agotador, ya que nos habíamos cansado de girar constantemente
y sus altas barrancas (de aprox. 6 mts.), nos producía una sensación
de encierro que nos mantenía en ascuas con nuestro próximo punto
de referencia del mediodía, el cual al final apareció, el puente
de hierro de Morrison. Inmediatamente después, hacíamos un alto
en el campo de la familia Meneguini, gente que ya sabía anticipadamente
de nuestra presencia por allí.
Como es norma, fuimos bien recibidos e invitados con lo que necesitáramos.
Al mismo tiempo que matábamos el apetito, secábamos algunas
cosas y escuchábamos el pronóstico del tiempo a la vera del
río; estudiábamos el mapa midiendo tramos y nos propusimos llegar
hasta la ciudad de Bell Ville.
Los cajones barrancosos seguían impresionándonos con su imponencia
y deslumbrándonos con los efectos de erosión producida por las
aguas del río durante quien sabe cuántos años. Alambrados
y varillas en el aire, árboles a punto de caer y molinos definitivamente
perdidos. Alguna que otra vez, se asomaba una precavida nutria, aparecían
grupos de patos, garzas moras, loras, y comunidades de revoltosos teros. Todo
estaba allí, sólo para nosotros tres.
Al llegar a una vivienda que se encontraba a mitad de camino sobre la margen
izquierda del río, dimos con un grupo de remeros que se encontraban
de campamento y que pertenecían a Bell Ville, con los cuales cambiamos
palabras al paso y recibimos mensajes de aliento.
La tarde estaba cayendo y divisamos la gigante antena repetidora de televisión
instalada en las proximidades de Bell Ville, lo que nos dio una sorpresiva
imagen que estábamos llegando al final del segundo día.
Las quintas de fin de semana se hacían notar, la particular pulcritud
del césped del Golf Club destacaba sobre todo el terreno, y el sonido
de un altavoz nos decía que estábamos sobre la llegada.
La sorpresa fue mutua. En el Parque Francisco Tau de Bell Ville, se encuentra
el galpón de la Comisión Municipal de Canotaje, motivo por el
cual en sus playas se encontraban varios remeros practicando. Nuestra aparición
fue causante de una aglomeración de aficionados ansiosos de saber de
dónde veníamos y hacia dónde nos dirigíamos. Se
admiraron de los tiempos que veníamos haciendo, como también
de la organización del equipo, hoja de ruta y cartografía. Tuvimos
la suerte que nos recibió el presidente de la entidad José Luis
Mansilla, quien nos dio oficialmente una cálida bienvenida y nos invitó
a disfrutar de las instalaciones del predio. También, nos manifestaron
de la probable organización de una travesía similar, motivo
por el cual facilitamos todo nuestro material (mapas, hojas de ruta, distancias
por tramos, listado de equipo, etc.)
Como venía siendo norma clavamos el monípode y disparamos algunas
fotografías para el recuerdo. Inmediatamente, nos ayudaron a trasladar
los kayaks hacia el camping, donde nos presentaron al administrador, Sr. Enrique
Escamilla. Este nos ofreció las dependencias para acampar, quedando
a nuestra disposición para cualquier requisitoria.
Segundo día y todo venía maravillosamente sobre ruedas. La hospitalidad
era impagable. Las charlas se convertían en nexo indiscutido sobre
temas que importaban a gente como nosotros, el cuidado del medio ambiente,
la incalculable cantidad de basura que vimos a lo largo del recorrido, el
continuo fluir de residuos cloacales sin tratar, como así también
de líquidos y desechos de fábricas que aprovechan la cercanía
del río.
Era impresionante desplazarse permanentemente junto a gran cantidad de envases
de plástico de todos los tipos y marcas, como así también
de bidones y un sin número de restos de bolsas de nylon que "empapelaban"
las costas o colgaban para la eternidad en las ramas de los árboles,
tal vez, llevadas hasta allí por ocasionales crecientes.
El hombre no imagina este nefasto paisaje, imagen desgraciadamente que empañaba
las bellezas que la naturaleza nos pone a nuestra disposición.
Comenzaban a caer las primeras gotas aisladas de una tormenta que repentinamente
nos cubrió . Así que manos a la obra y armamos la carpa mientras
esperábamos la llegada de Oscar Muñoz, familiar de uno de los
integrantes del grupo, quien nos acercaría un hermoso matambre para
la cena del día siguiente y un rico pollo al horno con algunas empanaditas
que no dejamos ni enfriar.
No todo es sufrimiento, por ahí aprovechábamos la cercanía
de una ciudad y comprábamos comida hecha, reservándonos las
provisiones que llevábamos para lugares inhóspitos.
Al mismo tiempo, hacíamos uso de los espléndidos baños
para darnos una reanimante ducha que nos ayudaría a terminar la jornada
y nos garantizaría un buen descanso.
Fue así, que en el quincho del parque dimos la bienvenida a nuestro
proveedor y señora, quienes se quedaron unos minutos a compartir una
charla informativa a cerca del viaje, donde no faltaron los destellos del
flash.
Como venía siendo constante, hablamos a nuestras familias para hacerles
saber sobre la marcha de la travesía.
La noche se alargaba y el cansancio del trajín diario se hacía
sentir. Es medianoche y las cómicas peleas por el espacio para dormir
volvían a hacerse sentir mezcladas con la música de alguna emisora
radial. Algunos profundos ronquidos surcaban el poco lugar libre y entre vueltas
y vueltas nos pegamos a las bolsas de dormir.
El recorrido estimado del segundo día fue de 56 km.
TERCER
DÍA: (27/02/94)
Nuevamente suena el reloj a las 5:30 hs. Todavía es de noche. El camping
aún se encuentra en algún sueño. Nosotros, arriba levantando
el campamento mientras se preparaba un humeante desayuno. Secamos el interior
de los kayaks, guardamos cuidadosamente la ropa y la sagrada bolsa de dormir.
En este lugar existe un azud nivelador con compuertas y salto de agua, motivo
por el cual debimos trasladar las embarcaciones unos quinientos metros de
donde estábamos acampando para así retomar el viaje. Como por
arte de magia, apareció efectuando su habitual caminata matutina, Enrique
Escamilla quien nos facilitó su utilitario para hacer el traslado de
los kayaks hasta Playa El Hongo, lugar que nos serviría como plataforma
de lanzamiento de este tercer día de remo.
Nos despedimos de Enrique agradeciendo todas las atenciones que habíamos
recibido, tanto del Club de Canotaje, como del propio concesionario del parque.
Como ya era costumbre, monípode de por medio, hicimos unas tomas antes
de partir rumbo al puente de hierro de Monte Leña, el cual se encontraba
a tan sólo 14 kms.
Se dispararon varias fotografías en este trayecto, ya que el día
se presentaba con una luz muy particular.
Más tarde, a una hora y media de remo, apareció el por nosotros
bautizado Puente de Midway; que presenta un estilo diferente a los demás.
Es de cemento y presenta barandas que describen un gran arco en su parte central.
A pocos kilómetros más adelante, aproximadamente nueve, comenzamos
a divisar y a escuchar la cascada del azud nivelador de la Planta Potabilizadora
de Agua de E.P.O.S. de la localidad de San Marcos. La sorpresa fue la no previsión
de una salida lateral para que las embarcaciones puedan ser retiradas del
cauce y así sortear dicho obstáculo artificial.
Sin titubear un instante y pasado el mediodía, amarramos los kayaks
sobre la margen opuesta a la Planta, ya que su acceso era más fácil.
Inmediatamente, munidos solamente de una pequeña hacha de mano, comenzamos
con el arduo y agobiante trabajo de desmontar al ras la vegetación
espinosa, con el propósito de construir una prolongada senda que nos
llevaría a esquivar la peligrosa cascada de cemento.
Con el sol que presionaba sobre nuestros cuerpos, pero con la garra que sólo
puede brotar de un grupo unido y convencido de que esta aventura debía
continuar, efectuamos la tarea paso a paso, valiéndonos de sogas con
las cuales levantamos las embarcaciones cuidadosamente, hasta trepar la empinada
ladera que nos conduciría al suelo de un campo lindante cubierto de
una sedienta plantación de soja.
Una vez arriba, divisamos a dos "personajes" que se encontraban
pescando y pasando un domingo entre pescado frito, vino y sol. La obligada
pregunta era si más adelante existía una bajada no tan pronunciada
al río. Con el entusiasmo propio de quien se identifica con lo que
estábamos haciendo, recibimos la desinteresada ayuda de Carlos Españón
y de Eduardo Nievas, dos muchachos oriundos de Bell Ville que se brindaron
para todo lo que necesitáramos. Como nuestro paso obligado del día
era E.P.O.S., antes de zarpar de Bell Ville, tiramos los 5 lts. de agua, (
5 kgs. menos de peso que cada uno llevaba como reserva ), con la finalidad
de recargarlos en dicha Planta.
Pero al final eso no representó problema alguno, ya que Carlos, valiéndose
de una cámara de auto, se cruzó al frente, (después del
azud), para traernos 10 lts. de agua mientras nosotros improvisábamos
un rápido almuerzo. Realmente dos tipos de "fierro". Sí,
también ellos merecían una toma para que quedaran junto a nosotros
en este recuerdo.
Todo este operativo nos llevó más de dos horas, ya que todo
lo narrado no resultó nada fácil debido a la vegetación
espinosa y espesa del lugar.
Ya entre despedidas y buenos deseos, quedó en nuestro recuerdo la entusiasmada
y espontánea frase de Carlos Españón: "Esto es una
locura inolvidable, loco". A todo esto, el reloj avanzaba acercándose
a las 16:00 hs.
Le metimos pata con la misión de llegar a Saladillo, caserío
que se encuentra en el origen del Río Carcarañá.
Siguiendo con las referencias de nuestra cartografía, nos venía
sorprendiendo la casi exactitud de los puntos adyacentes que se detallaban
en el mapa, tales como la conservación del nombre de la mayoría
de las estancias, si tenemos en cuenta que los datos que manejábamos
pertenecían al año 1957.
Estos datos eran verificados mediante la infaltable consulta a los personajes
que se encontraban pescando o simplemente descansando en las reaparecidas
orillas del Tercero.
Más adelante, a aproximadamente 26 kms., apareció el puente
que se encuentra a la altura de Leones, dándonos el ánimo suficiente
para concluir la soleada y calurosa tarde.
Ya casi junto a la caída del sol, vimos a una buena distancia más
adelante, un gomón con dos parejas de jóvenes dispuestos a pasar
una agradable tarde de río. Le dimos alcance y nos acoplamos a charlar
tranquilamente con ellos debido a que estábamos viendo las costas de
Saladillo.
La bienvenida en el lugar fue también de primera, ofreciéndonos
sus servicios e instalaciones sanitarias.
Una vez más, nos vimos anonadados por la infraestructura de un camping
alejado del pueblo, con apariencia y cuidado de uno similar al de cualquier
ciudad turística.
Ahí, como en todos los sitios, encontramos personajes que nos hicieron
pasar unas horas divertidas. Entre otros destacamos la atención del
buffetero, Sr. Jorge "Dogo", de "Cletus" (famelicus -
famelicus), y de Osvaldo Turturucci (tripulante del gomón), quien gentilmente
dio aviso a nuestros familiares que nos encontrábamos en el punto mencionado
y que habíamos concluido correctamente el día número
tres.
Por supuesto, hubo fotos en agradecimiento a tan grata compañía
y por la desinteresada colaboración.
Desplegamos nuestros bártulos, y armamos el campamento casi a orillas
del Saladillo, río este que al unirse en este lugar con el Tercero,
dan origen al Carcarañá.
El día había sido hasta el momento el más agotador. Recordemos
que entre nuestra carga venía viajando un perfecto matambre, que luego
se convertiría para la cena en matambre a la pizza. Sin esperar un
instante, se hicieron rápidamente las brasas para la tan esperada comida,
la que saboreamos mientras disfrutábamos del panorama nocturno. Una
imponente luna se reflejaba en el Carcarañá y entre el asombro
de los lugareños se dispararon varias fotografías.
Luego de una relajante ducha helada, nos zambullimos en la pequeña
carpa, dentro de la cual seguían sucediéndose conflictos limítrofes
con el fondo de alguna frecuencia modulada de la zona.
El recorrido del día fue de aproximadamente 73 kms.
CUARTO
DÍA: (28/02/94)
Es muy temprano,
el cielo se encuentra parcialmente nublado, y la mañana está
especialmente apta para el remo. El Carcarañá se extiende mansamente
de orilla a orilla.
En el recorrido hacia el puente de cemento de Inriville, encontramos desde
grandes comunidades de cerdos hasta grupos de llamas o tal vez guanacos. Las
costas se hacían más accesibles, ya que las barrancas se entremezclaban
con algunas formaciones playas.
Ante el asombro, se hizo presente el Puente de Inriville, puesto que teníamos
previsto encontrarnos con él después de cumplida la hora de
remo. Suponíamos que esto se debía a que no perdíamos
tiempo al viajar prácticamente en línea recta.
Sobre la margen derecha descubrimos otro camping con todas las comodidades
y el buen gusto. Nos presentamos ante uno de los empleados del lugar e indagamos
sobre datos de dicho predio. Tomamos unas fotos y continuamos en búsqueda
del próximo puente.
Cerca de mediodía habiendo cruzado dos puentes, nos quedamos a almorzar
en el camping perteneciente a la Municipalidad de Los Surgentes, lugar donde
sólo se encontraban la encargada del buffet y una pareja cincuentona
con vestigios de trasnochada fiesta. Ahí, respondimos a curiosas preguntas
de los mencionados a las que se sumaron las de chicos que aparecieron posteriormente.
Con la necesidad propia de no demorarnos demasiado y continuar viaje, concluimos
la etapa y nos hicimos al río acompañados de unas aisladas gotas
de lluvia que caían entre un agobiante sol.
Nos restaban casi tres horas de remo. La finalidad era llegar a Cruz Alta,
donde teníamos referencias de un extraordinario predio para acampar.
El cielo se oscurecía cada vez más. Los truenos anunciaban la
llegada de un gran aguacero. El viento se resistía a que siguiéramos
avanzando. Era evidente que la temperatura comenzaba a bajar casi bruscamente.
Fue así, que nos detuvimos en una entrada de la costa desde donde divisábamos
el tránsito de maquinarias agrícolas sobre el puente que se
encuentra a la altura de Los Surgentes.
Las primeras gotas comenzaban a caer. Nos colocamos los rompevientos, ajustamos
los cordones de las capuchas, todo esto para evitar calambres por repentino
enfriamiento del cuerpo y le metimos en medio de una cortina de agua y viento
en contra que prácticamente nos dejaba ver apenas unos metros. Buscamos,
en lo posible, reparo del viento para amenguar la lucha, pero como si esto
fuera poco, tuvimos que atravesar varios remolinos y rápidos que nos
resultaron inesperados e inoportunos.
La pelea contra la desbordada naturaleza se hizo sentir. Por momentos la lluvia
paraba casi totalmente pero en un instante se abría al máximo
el grifo del cielo.
Como dándonos un respiro antes de la llegada, cesó definitivamente
el aguacero, para dar paso a un sol radiante como si no hubiera pasado nada.
Estábamos, según el reloj, bastante cerca de Cruz Alta. Así
que mentalmente nos considerábamos llegados. Al poco tiempo alcanzamos
a ver el puente que nos bajaba imaginariamente la bandera a cuadros. Pero
el camping no aparecía. Todavía teníamos que hacer un
trecho más y en él pasar por uno de nuestros más arriesgados
movimientos.
En ese momento, debido a la forma de desplazamiento en fila, distanciados
unos 10 mts., nos fuimos dando cuenta uno a uno del último capítulo
que sellaría el ajetreado día.
Fue entonces que, de sorpresa, dimos con un majestuoso e imponente tramo de
rápidos con fondo de tosca, que nos desafiaban obligándonos
a cruzar.
Sin mucho que pensar, cada lo uno enfrentó con la entereza propia de
quien cuida de sí y sin comprometer al grupo.
No fue nada fácil. Hubo instantes de incertidumbre. Se luchó
cuidadosamente hasta pasar. Además, la zona estaba muy sucia con escombros,
hierros retorcidos y restos de ramas que hacían aún más
complicado el paso por dicho lugar. La movida tarde había llegado a
su fin. Una especial alegría nos invadía, haciendo pasar la
fatiga a un segundo plano. Todo había pasado.
Con la misma suerte que tienen los gatos que siempre caen parados, dimos con
un funcionario de la Municipalidad de Cruz Alta que se encontraba en el lugar,
Sr. Piermatei, quien se brindó a prestar toda colaboración posible.
En medio del fango gomoso, propio de la tierra negra, trasladamos los kayaks
a lomo rumbo a un salón cedido para evitar acampar sobre la tierra
mojada. Con las últimas fuerzas del día tendimos sogas para
secar ropa, comenzamos a pensar en la cena de lo cual salió una gran
olla de fideos al pesto que gustosamente devoramos para recuperar calorías.
Esa misma noche, pudimos comunicarnos en forma particular con nuestras familias,
puesto que teníamos a pocas cuadras un teléfono público
(Araceli) para poder explicar el motivo por el cual nos encontrábamos
adelantados exactamente un día respecto de lo planificado.
A algunos metros de nuestros aposentos, disfrutamos del primer baño
con agua caliente. Quemamos algo de carbón y madera en una salamandra
instalada para tal fin y nos quedamos a vivir bajo el chorro reconstituyente
del agua caliente.
El descanso estaba garantizado. Preparados con una buena dosis de repelente
para los hambrientos mosquitos, caímos como bolsas de papas sin discusiones
territoriales.
El recorrido del día fue de aproximadamente 54 kms.
QUINTO
DÍA: (01/03/94)
La jornada podía definirse como esplendorosa, sol y viento del sudeste
nos invitaba a secar totalmente las cosas. Aprovechando que nos encontrábamos
adelantados, decidimos salir después del mediodía para rehacernos.
Recibimos la visita temprana de familiares que viven en el pueblo, Don Raúl
y Don Juan Stighezza, con quienes compartimos vivencias de la zona mientras
desayunábamos. Allí se nos manifestó sobre la peligrosidad
de las zonas que bajo las inclemencias del tiempo habíamos atravesado
en la víspera.
Luego de una cordial charla, agradecimos la deferencia para con nosotros y
como nobleza obliga, tomamos unas fotografías. Invitados a recorrer
la localidad, mientras tanto, se efectuaron compras de comestibles para el
almuerzo y para posteriores paradas, observando las "bellezas" del
lugar.
En la mesa del mediodía compartimos un surtido guisito de arroz, del
cual no quedó resto alguno.
Ya en horario de siesta, preparamos nuevamente todo el equipo dentro de las
embarcaciones, con la nefasta idea de trasladarlas a varios metros más
adelante.
Pero la predisposición que caracteriza a la gente de pueblo, hizo que
el movimiento se efectuara a través de una pick-up, propiedad del buffetero
del parque con quien hicimos las acostumbradas fotos.
Corrían casi las tres de la tarde, el sol apretaba bastante, y la finalidad
primera fue hacer noche en el predio de San José de la Esquina, distante
a tan sólo 19 kms. de la partida, del cual teníamos referencias.
Al llegar tempranamente al lugar, consultamos con unos pescadores, si más
adelante sabían de la existencia de un sitio similar para acampar,
recibiendo como respuesta que se tenía conocimiento del camping perteneciente
a Arequito. Como un conocido personaje de la televisión dijimos: "Arequito,
...allá vamos... !".
Al atardecer, dimos con un caserío con aspecto de pueblo fantasma.
Vidrios rotos, ventanas sin postigos, puertas destruidas, y respuestas negativas
ante el insistente sonar de nuestros silbatos. Era un verdadero desperdicio.
Al parecer eran construcciones de fin de semana.
Seguimos unos metros más y nos encontramos con dos personajes asombrados
por la aparición del grupo, eran Miguel y Juan Carlos que se hallaban
revisando un gran número de líneas de pesca. Estos, nos manifestaron
que el lugar al que habíamos arribado pertenecía a la localidad
de Arequito, tras lo cual nos dieron una particular bienvenida.
Recién salidos de la costa, aprovechamos la poca luz solar que quedaba
e hicimos trabajar al monípode y a nuestra cámara una vez más.
Nos contactamos con el encargado del desolado pero bien dispuesto predio,
Sr. Pérez, quien nos mostró el lugar. Durante su recorrida,
comentó que el caserío que llamamos "pueblo fantasma"
y todo el camping, eran víctimas de reiteradas inundaciones de verano,
debido a toda el agua que provenía de los campos de la zona en tiempos
de lluvia.
Un viento fresco y constante comenzaba a golpear sobre una galería
construida junto a un asador, en el cual conocimos a Isidoro, quien a dos
fuegos comandaba la cocción de un lechón que en breves instantes
reuniría a un variado grupo de amigos.
Así fue que, rápidamente, desvalijamos los kayaks y levantamos
nuestro fiel hogar, mientras aprovechábamos el abundante fuego para
hacer unos chorizos que en forma de choripanes se servirían para la
cena.
Los demás comensales comenzaban a llegar: Mario y Don Schneider, los
que eran transportados por el paciente Don Luis.
El clima de fiesta y amistad se empezaba a vivir. Entre bromas, picadas, tinto
y cerveza, participábamos tímidamente a distancia, mientras
acabábamos con nuestra rápida cena.
No cesaban de llover todo tipo de invitaciones propias de la gente de pueblo,
sobre todo una gran fuente de aluminio con papel absorbente cubierta de crocante
pescado frito que iba y venía de nuestra mesa a la de los dueños
de casa.
Ya éramos parte de la gran familia. La timidez había sido dejada
de lado para pasar a compartir una noche que sin dudas fue una de las más
especiales de la travesía.
Supuestamente, ya estábamos para el postre. Pero el recién salido
lechón incitaba sólo a alimentar nuestra gula. No podíamos
decir que no. En los rostros de esa gente tan particular se podía apreciar
una alegría especial provocada por nuestra ocasional aparición.
Aparición que vino a romper la rutina de una reunión más
para el grupo de Villa Eloisa y Arequito.
No faltaron las cargadas. Todo el mundo ligó. Juan Carlos (Cali), era
"gastado", casi exclusivamente por Mario Marasca, debido a su reciente
adquisición: una pick-up Ford T (original), alias la Trafic. Don Schneider
(Blanco), "colaba" e invitaba siempre con cerveza bien fresca haciendo
honor a su apellido. Don Pérez y el parrillero Isidoro disfrutaban
cada ocurrencia, mientras Don Luis atentamente nos seguía el tren de
chacoteo y cada uno de nuestros relatos, a los que permanentemente se acoplaba
Miguel dejando traslucir su bondadosa personalidad. Se dispararon varias fotos
que seguramente quedarán para el recuerdo de nuestro paso por aquel
oasis, abierto siempre a quien lo sorprenda la noche de una solitaria travesía.
Solamente resta agradecer a ese extraordinario y divertido grupo de gente
por hacernos pasar una especialísima noche.
El frío atravesaba la fina ropa de verano y el cansancio nos obligaba
a entrar en la carpa. Al día siguiente nos esperaba la ciudad de Carcarañá
en nuestra última jornada de remo.
Cabe destacar que se recorrieron 49 kms.
SEXTO
DÍA : (02/03/94)
Amanecimos no muy temprano. El viento mecía la carpa e invitaba a unos
minutos más de fiaca, ya que la distancia a recorrer era de aproximadamente
36 kms.
Parecía mentira, el desafío estaba a punto de cumplirse. Todo
lo que alguna vez se edificó en el terreno de los supuestos se estaba
por concretar.
Los personajes que habían pernoctado en el lugar poco a poco aparecían
en escena. Una pava cubierta con hollín de varios días, lista
para el mate que repartía Isidoro, contrastaba con nuestro pequeño
y práctico calentador de garrafas descartables.
Al mismo tiempo, comenzaba la rutina de desarmar y de acomodar todas nuestras
pertenencias en cada una de las embarcaciones que casi imperceptiblemente
iban perdiendo peso.
Degustando el acostumbrado café con leche, esta vez compartiendo los
alimentos con tan especiales personas, se iban tejiendo invitaciones a que
nos quedáramos para el almuerzo. Pero debíamos continuar. La
noche anterior, se había dado aviso a nuestras familias que éste
sería el último día y no podíamos fallar.
Entre largas despedidas y francos deseos de volver a vernos alguna vez, partimos
lentamente hacia Carcarañá.
El río se mostraba algo revuelto por el efecto del viento que nos castigaba
exactamente de frente.
A medida que completábamos tramos establecidos, seguíamos disfrutando
de la geografía variada, que a manera de resumen nos entregaba costas
bajas, algo de pequeños montes y todavía hacían su aparición
altas barrancas albergando en el filo, casi en el aire, imponentes eucaliptus
que aún se mantenían en pie por el desarrollo compensado de
las raíces que todavía podían aferrarse a la tierra.
También, pudimos ver familias de tortugas de agua, que asustadas se
lanzaban al río ante nuestra repentina aparición.
La resistencia a un viento que paulatinamente iba aumentando sus fuerzas,
hacía que los tiempos establecidos no pudieran concretarse. El caudal
se encrespaba más y más. Las pequeñas olas del comienzo
se convertían en extensos rápidos que variaban el constante
recorrido de aguas mansas. A pesar de todo, disfrutábamos con el salto
esperado ola tras ola. El punto donde las mismas se hicieron mayores fue a
la altura en que la línea de alta tensión del Sistema Interconectado
Nacional, que va desde la Usina de Embalse, Provincia de Córdoba, hasta
la cuidad de Rosario; lo que nosotros bautizamos como las "horquetas".
En resumen, toda la zona que costea el campo de la familia Sieber, según
supimos posteriormente.
Precisamente, en ese lugar deberíamos haber terminado nuestro periplo.
Pero un error de interpretación en uno de los mensajes a nuestros familiares,
hizo que luego de resistir una hora y media más de lo esperado, apareciéramos
en frente del paralizado Frigorífico Carcarañá.
Exhaustos, con los músculos de las asentaderas adormecidos por el ininterrumpido remar y remar sin paradas de descanso, cansados de pelearle a un viento que quería tozudamente frenar y demorar nuestra llegada, con estómagos que pasadas las 15:40 hs. reclamaban todavía un inevitable almuerzo, con el sonido incesante de vehículos que raudamente cruzaban el puente de la movida Ruta Nacional Nº 9, con la satisfacción de arribar exactamente un día antes de lo previsto, con un marco solitario compartiendo íntimamente la gloria de haber cumplido con nuestro tal vez loco objetivo, con la seguridad que en este interminable día el cálculo de los kilómetros que marcaba nuestra cartografía no fue el exacto reflejo de las continuas curvas que íbamos sorteando, esperando que Fernando Sieber gentilmente viniera a buscarnos, unimos nuestras manos coronando el sueño de compartir JUNTOS casi 350 kms. en 6 días que quedarían para siempre en la historia de cada una de nuestras vidas.
No podríamos finalizar sin agradecer:
Muchas gracias a TODOS, inclusive a los olvidados por la frágil memoria
que se sumerge en una profunda emoción que desborda desde nuestras
almas.
Villa María, 07 de marzo de 1994.-
Mario Zanotti, Ricardo
Arata y Rodolfo Milano
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