Adicionalmente,
cada remero llevó consigo una mochila con una muda de ropa,
protector solar y una frazada liviana para la noche. Cada mochila
fue protegida del agua con una bolsa de nylon, tipo consorcio,
para evitar que se mojen por las salpicaduras de los remos.
Por
último, en los últimos días antes de iniciar
la travesía nos dedicamos a monitorear los pronósticos
metereológicos. Para ellos, recurrimos al Servicio Metereológico
Nacional ( l ), a Weather Channel ( m
) y a Accu-Weather ( n ). Salvo el primero, los
restantes anunciaban días parcialmente soleados, con temperaturas
de hasta 33º C y mínimas de 24º. Las probabilidades
de lluvias eran de apenas el 20% el sábado, y 10% el domingo.
El restante pronóstico difería drásticamente
de los primeros dos: intensas lluvias y tormentas eléctricas,
para ambos días. Lamentablemente, y muy a nuestro pesar,
sería el SMN el que con mayor exactitud había pronosticado
el clima…
En
camino hacia Chascomús
El
sábado a las 6:30 nos encontramos en Av. del Libertador
y Gral. Paz. Estacionamos los 2 autos frente al Carrefour de Vicente
López, y nos sacamos la primera foto de la travesía,
todos los integrantes del equipo posando delante de las canoas
cargadas en los autos. Luego emprendimos el camino a Chascomús.
Las primeras lluvias las encontramos en la rotonda de Alpargatas…
El
viaje fue más rápido de lo inicialmente estipulado,
por lo que decidimos realizar una parada “técnica” en el
famoso parador Atalaya, y desayunar con las reconocidas medialunas.
Incrédulos, no imaginamos que siendo las 8:00 de la mañana
el local estaría con su capacidad a pleno… pero mayor fue
nuestra sorpresa cuando nos topamos con Franco allí, una
hora antes de la hora estipulada para nuestro encuentro, pactado
en el Club Náutico y de Pesca de Chascomús, sobra
la homónima laguna. A pesar de que no nos conocíamos
(hasta entonces, solamente habíamos mantenido conversaciones
telefónicas), Franco no tuvo problemas en reconocer a los
2 autos con canoas en sus techos.
Dada
nuestra ansiedad, inmediatamente procedimos a consultarle a Franco
por la navegabilidad del recorrido. En forma muy serena, nos advirtió
que nos iba a llevar al punto de partida originalmente pactado,
pero que no nos daría mayores detalles o precisiones sobre
el estado del caudal. En su opinión, no quería eliminarnos
el factor “sorpresa” de nuestra aventura. Horas más tarde
recordaríamos sus palabras…
En
el trayecto a Guerrero, Franco nos fue comentando sus extensas
experiencias remando en los ríos, canales y lagunas de
la zona. Además, nos confesó que nos veía
un tanto “improvisados”, pero con un contagioso entusiasmo.
Tal
cual lo planeado, arribamos a Guerrero antes de las 11:00 de la
mañana, por lo que partimos en horario hacia nuestro destino
final, Cerro de la Gloria. Las canoas salieron del margen derecho
de la ruta 2, por lo que inmediatamente debimos pasar por debajo
del puente sobre esa ruta. Una de las canoas, desoyendo la sugerencia
de Franco de cruzar por el medio del puente, quedó varada
¡a los 50 metros de haber comenzado la travesía!
La solución fue sencilla: se bajaron sus 3 integrantes,
y liberaron la canoa.
Los
primeros 2 kilómetros resultaron ser muy apacibles. No
hubo mayores complicaciones, el caudal era aceptable, y el ritmo
de navegación era de 5 km/h, superior al promedio que nos
habíamos propuesto de 3 km/h. Pero fue en esos iniciales
kilómetros que las primeras lluvias y relámpagos,
inesperadas protagonistas de nuestra travesía, hicieron
aparición. Los relámpagos serían nuestra
preocupación principal durante todo ese día.
A
las casi dos horas de iniciada la travesía, nos topamos
con el sector donde el Río Salado se hace muy ancho, pero
también muy poco profundo. Por los próximos 5 km
tuvimos que alternar entre caminar y arrastrar las canoas, con
remar. No solo era engorroso el bajar y subir de las canoas, sino
que el trajín retrasaba considerablemente nuestro avance.
Muchos
de nosotros recordamos entonces las palabras de Franco, acerca
de no adelantarnos las “sorpresas” con las que podíamos
toparnos.
Inmortalizamos
el peculiar momento con una fotografía: éramos 6
remeros caminando sobre un Río de apenas 10 cm. de profundidad,
y todos con su chaleco salvavidas puesto.
Nicolás
y Horacio aprovecharon el bajísimo caudal para intentar
“cazar” un pez con las palas, e increíblemente lo lograron:
una carpa de 1.5 Kg. fue el premio a su insistencia. La pesca
se produjo durante una intensa lluvia, que oscureció el
cielo de la jurisdicción de Castelli. A lo lejos divisábamos
un tenue luz, que parecía movilizarse por sobre el Río.
No pudiendo identificar el origen de la luz, continuamos nuestra
caminata acuática.
Cuando finalmente alcanzamos esa luz, aprendimos que era una dragadora
que se encontraba en plena operación, aumentando la profundidad
al Río Salado como parte de un plan provincial ( o
). Suponíamos que al llegar al tramo del Río que
ya había sido dragado nos encontraríamos con un
mucho mayor caudal. Horacio confirmó con creces nuestras
sospechas, cuando al pretender cruzar las canoas al lado dragado
del Río se hundió profundamente al intentar hacer
pie. Ese resultaría ser el único momento en que
el salvavidas iba a resultar de utilidad durante toda la travesía.
Y aunque no pudimos confirmarlo por el excesivo ruido de la dragadora,
estuvimos seguros que los operarios de la misma rieron a carcajadas
al observar esa escena.
Avanzando
a pesar de todo
Liberadas
nuestras canoas de la poca profundidad, comenzamos nuestro primer
tramo de fuerte remada. Por los próximos 5km, navegaríamos
nuevamente a buena velocidad. Fue en este momento donde nos dimos
cuenta que las 2 canoas avanzaban a diferente ritmo, produciéndose
las primeras separaciones entre una y otra. Al parecer, el peso
de la carpa era la excusa esgrimida por la canoa retrasada. Todo
esto generó cierto nivel de burlas y chanzas entre los
integrantes de una y otra canoa.
A
poco de superar la dragadora, pudimos divisar por sobre el margen
derecho la estancia Bella Vista ( p ), recientemente
reciclada. No nos detuvimos a observarla, dado que preferimos
seguir remando a buen ritmo, intentando mejorar la velocidad promedio
y recuperar el tiempo perdido en el anterior tramo fruto de las
caminatas.
Afortunadamente,
durante esta corta fase el clima también nos favoreció,
desapareciendo las lluvias y los relámpagos, aunque persistían
las nubes. Reinaba el buen humor y el optimismo.
Ingenuamente
pensamos que ya habíamos superado lo peor.
Cuando
nos estábamos preguntando en qué momento divisaríamos
el Puente Las Pascuas, pudimos observar con asombro un dique de
barro cruzando el Río a la distancia. Supusimos que se
trataba de un mero efecto visual, fruto de la distancia, y que
desaparecería a medida que nos fuéramos acercando.
Pero
ante nuestro avance, fuimos confirmando la peor sospecha: como
parte del plan de dragado, el Salado se encontraba contenido por
un dique de barro, “amurallado” con bolsas de nylon negras. Dada
la altura del dique, no podíamos observar cómo continuaba
el Río del otro lado. ¿Se habría acabado
la navegabilidad del Río? ¿Volveríamos a
tener que caminar por el Salado? Fueron minutos de cierta angustia,
dado que no sabíamos si podríamos continuar con
nuestra travesía. Como agravante, las fuertes lluvias recomenzaron
en ese preciso momento.
Buscamos
entonces un lugar donde orillar en el margen derecho del Río,
atamos las canoas con los cabos a una especie de columna de cemento
que emergía a poca distancia, y nos dispusimos a subir
la barranca para poder observar mejor la situación. Dicha
tarea fue relativamente sencilla, a pesar del barro. Pero en la
cima de la barranca el viento se sentía con mucha mayor
intensidad que abajo en el Río, y dada la baja sensación
térmica, comenzamos literalmente a temblar de frío.
El
río estaba, efectivamente, atravesado por un improvisado
dique de barro, pero parecía continuar del otro lado con
buen calado. Logramos identificar tres pequeñas compuertas
que regulaban el caudal del otro lado, pero no había salida:
íbamos a tener que sacar las canoas del agua, subir la
barranca y cargarlas casi 200 metros por el barro, hasta una bajada
accesible, del otro lado. Todo esto bajo una fuerte lluvia, nuestra
ropa completamente mojada, a merced del viento y del frío.
A lo lejos, se divisaba el Puente Las Pascuas…
Nos
dispusimos entonces a intentar realizar todo el traspaso en un
solo viaje: cada canoa sería cargada y arrastrada por dos
remeros, mientras la pareja restante debía llevar las mochilas
y demás pertenencias. Nuestro objetivo era entrar rápidamente
en calor, y superar cuanto antes el engorroso pase hacia el otro
lado del dique.
En
efecto, logramos con cierto esfuerzo realizar el traspaso, aunque
a costo de un creciente malhumor. Ni siquiera tuvimos deseos de
sacar alguna fotografía, ni aún después de
almorzar los cuantiosos y abundantes ( q ) sándwiches
que Martín había preparado. Los había de
salamín, pavita, jamón y queso. ¡Un verdadero
y abundante lujo!
Aprovechamos
la ocasión para volver a distribuir la carga en las canoas,
y dispusimos que la carpa sea ahora transportada por la otra canoa.
Imaginamos que así lograríamos equilibrar las velocidades
de remada.
Antes
de reemprender la travesía, también aprovechamos
para chequear el GPS. Así, aprendimos que habíamos
realizado casi 12 kilómetros desde la Ruta 2. Habían
pasado casi 4 horas y media, por lo que a pesar de los contratiempos
vividos hasta entonces, habíamos logrado mantener una velocidad
promedio cercana al objetivo de 3 km/h. Nuestra próxima
meta era el puente Las Pascuas, que se erguía a la distancia.
Antes de alcanzarlo, sabíamos que debíamos pasar
por la embocadura del Canal 15 y al pesquero La Cascada, nuestros
próximos e inmediatos puntos de referencia.
Afortunadamente,
el caudal del Río tras el dique de barro permitía
la navegación, a pesar de ser considerablemente menor al
caudal del tramo anterior. Pero logramos evitar varar las canoas,
y retomar con cierta fuerza el ritmo de la remada. Nuevamente,
la velocidad promedio rondó los 5 km/h, pero pudimos comprobar
que la mentada carpa hacía, ya sea real o psicológicamente,
un efecto palpable en la canoa que la transportaba: era ahora
la otra canoa la que se retrasaba.
Analizando
con posterioridad este enigma, y considerando que la carpa no
pesaba más de 7 kilos, asumimos que en realidad se debió
más bien a un cambio actitudinal de los remeros de la primer
canoa, quienes tocados en su orgullo, decidieron revertir la situación.
De hecho, al día siguiente y aprovechando el cambio de
determinados factores exógenos que luego serán analizados,
esa misma canoa lograría alcanzar el record de 10 km/h.
Como contrapartida, la canoa que desde entonces transportaba la
carpa vería sus rendimientos decrecer casi constantemente
hasta el final del recorrido…
Al
poco tiempo pudimos ver la embocadura del Canal 15. En rigor,
el Canal parecía en realidad la continuación del
Río, y lo que en realidad era la continuación del
Río Salado parecía simplemente un pequeño
(y casi seco) brazo menor del Río. La causa de este efecto
es la mayor profundidad con la que dotaron al Canal 15 al momento
de su construcción.
Raudamente
dejamos atrás el Río Salado, y continuamos la travesía
por el Canal 15. A partir de entonces, y hasta el final del trayecto,
altas barrancas de barro se erguían en los márgenes
del Canal, de escasa vegetación y gran pendiente. Nuestro
campo visual se limitaría desde entonces a las barrancas
del Canal, quedando imposibilitados de observar el horizonte.
Casi
inmediatamente pudimos distinguir el pesquero La Cascada, sobre
el margen derecho. Aunque no nos detuvimos a recorrerlo, parecía
estar muy bien cuidado. Algunos visitantes intentaban pescar desde
la orilla, a pesar de la considerable bajante del Canal. A unos
200 metros de distancia, podríamos observar también
el Puente de Las Pascuas. Con ansiedad queríamos alcanzar
ese puente, meta fundamental de la primer jornada de la travesía.
Pero
una nueva sorpresa se nos interponía. En efecto, el agua
del Canal a la altura del Puente parecía encontrarse en
un nivel inferior que a la altura del pesquero. No era una ilusión
óptica, sino más bien el fruto de un nuevo dique,
en este caso de hormigón, que atravesaba el Canal. Sobre
el margen izquierdo, la altura del dique era unos 50 cm. más
bajo, por lo que se producía una cascada. En ese momento
supimos la razón por el cual el pesquero tenía ese
nombre…
Nuevamente,
tuvimos que sacar las canoas del agua, y manualmente, llevarlas
al otro lado del dique: navegar por la mencionada cascada era
simplemente imposible, habida cuenta de la altura del salto de
agua. El margen de maniobra era acotada: las barrancas son de
hormigón, y tienen una cuantiosa pendiente. Por lo tanto,
debimos maniobrar entre 5 para poder sobrellevar cada canoa de
un lado al otro del Canal, mientras el restante remero contenía
los bultos sentado en la barranca.
Toda
la operación nos demandó unos 20 minutos, por lo
que rápidamente pudimos ponernos nuevamente en marcha con
la remada. Pero la moral del equipo ya estaba sintiendo el impacto
de tantas sorpresas y contratiempos. El avance no había
sido sencillo, y la travesía se estaba tornando bastante
más compleja de lo que inicialmente estipulamos: no se
trataba ya de solamente remar casi 14 horas en 2 días (
r ), sino también de sobrepasar los múltiples
y variados escollos que se nos iban presentando, desde bajo caudal
del agua, tormentas eléctricas, frío, y diques que
cortaban el paso del Río.
Para
colmo, la navegabilidad en los 2 km posteriores a la cascada no
resultó sencilla: al bajo caudal que sufrimos a la altura
de Las Pascuas, se sumó un fuerte viento en contra en el
tramo siguiente. La velocidad promedio fue muy baja en ese tramo,
y se requirió de los 3 remeros para poder alcanzar una
velocidad aceptable.
Dado
el cansancio, decidimos realizar una nueva parada para la merienda.
Eran ya las 5 de la tarde, por lo que también aprovechamos
para subir la barranca del canal para comenzar a analizar donde
sería el lugar apropiado para armar la carpa. Esa era una
creciente preocupación del equipo: encontrar un lugar conveniente
donde establecer base. Sabíamos que a ambos lados del Canal
había sendos caminos de tierra que, en forma paralela,
seguían el derrotero del agua. Por razones de seguridad,
descartamos la posibilidad de sentar base sobre alguno de los
caminos.
Habíamos
parado sobre el margen derecho, en un sector donde la barranca
del Canal parecía ser fácilmente escalable. A pesar
de algunas caídas, los 6 pudimos alcanzar la cima y así
combatir el frío con mate, parte de los sándwiches
de Martín que habían sobrado, y galletitas. También
aprendimos que las barrancas del Canal se erguían por sobre
el nivel de las tierras circundantes, por lo que debíamos
ahora descender el otro lado de la barranca para alcanzar tierra
plana. Decidimos que continuaríamos remando hasta las 6
de la tarde, momento a partir del cual nos detendríamos
ante el primer sector de la barranca que se observara escalable.
La carpa la armaríamos bajando la barranca del otro lado
del Canal.
Noche
de ciclón
El
avance a remo continuaba siendo entorpecido por el fuerte viento
y la mencionada corriente en contra. El esfuerzo realizado hasta
ese entonces hacía que todos tuviéramos deseos de
hacer base, vestir ropa seca y abrigada, cenar y descansar. Por
lo tanto, antes de las 6 de la tarde comenzamos a buscar una barranca
por la que pudiéramos ascender fácilmente.
Lamentablemente,
no resultaría sencillo encontrar una barranca de esas características.
En dos ocasiones nos detuvimos ante lo que parecía ser
una barranca accesible, pero el remero que intentó hacer
punta no logró su objetivo. Incluso intentamos sobre el
margen izquierdo del Canal, pero tampoco aquellas barrancas ofrecían
facilidad alguna. Algunos integrantes proponían seguir
avanzado por el Canal, pero el agotamiento y el viento en contra
boicotearon el consenso dentro del equipo.
Finalmente,
una de las canoas quedó detenida en el margen izquierdo,
y la otra en la orilla derecha. Mientras los miembros de la primera
insistían con continuar, los integrantes de la segunda
se empecinaron en encontrar la manera de subir la barranca. Fernando,
probablemente el remero más harto de la travesía
en ese momento, pudo finalmente ascender la barranca. A los gritos,
se notificó a la otra canoa del otro lado del Canal que
se acercara para hacer base.
Con
cierto grado de concentración y destreza de movimientos,
la barranca en cuestión resultó escalable. Pero
lo verdaderamente complicado fue realizar el traslado de los equipos,
las mochilas y la carpa. Por lo tanto, desechamos la idea de sacar
las canoas del agua, por lo que encomendamos a Martín,
el único integrante que tenía conocimientos de nudos
náuticos, a unir todos los cabos en nuestro poder, y atar
las canoas a un pequeño árbol de un metro y medio
de altura que crecía sobre la barranca. Las canoas quedarían,
entonces, dentro del Canal y atadas al pequeño árbol
de la barranca. Imaginamos que de esa forma lograríamos
resguardar las canoas durante la noche.
Tal
cual lo anteriormente decidido, bajamos del otro lado de la barranca,
pasando el camino de tierra que sigue al Canal 15, y adentrándonos
en propiedad privada, armamos la carpa tras sortear los alambres
de púas. Dado que había dejado de llover, decidimos
ponernos nuestras mudas secas de ropa que estaban en las mochilas,
con la idea de colgar los atuendos mojados sobre el mencionado
alambrado, con la ilusión que el viento los secara. Pero
poco grata fue nuestra sorpresa al abrir las mochilas: dado que
las bolsas de nylon no habían evitado que el agua de lluvia
mojara nuestras pertenencias, ni uno de nosotros tenía
una muda completa de ropa seca. La peor parte la llevó
Fernando, quien lamentablemente no tenía ni pantalón
ni remera seca. Para colmo, su bolsa de dormir estaba también
completamente mojada ( s ), por lo que debió
finalmente dormir sin pantalones…
Para
paliar el frío que teníamos por no estar completamente
secos, decidimos adelantar la cena. Eran casi las 7:30 cuando
4 integrantes comenzaron a armar la carpa, mientras los restantes
2 se encargaban de preparar los fideos en el anafe que habíamos
llevado. Lamentablemente, las lluvias comenzaron nuevamente, por
lo que la cena debió realizarse dentro de la carpa. Para
las 8:30 ya habíamos cenado y guardado las ropas dentro
de la carpa. Al momento de disponernos a dormir, sentíamos
el impacto de las insistentes gotas de lluvia sobre el sobre-techo
de nuestra carpa…
Poco
a poco, la intensidad de los relámpagos comenzó
a aumentar. El espectáculo, aunque magnífico, nos
preocupaba considerablemente. La profunda oscuridad era interrumpida
cada vez con mayor insistencia por los relámpagos, que
se sucedían unos tras otros a la distancia. Esporádicamente,
una serie de descargas eléctricas se producían en
exactamente el mismo lugar, con inusitada y aparente saña.
La intensidad de la lluvia también aumentó, por
lo que supusimos entonces que la noche no sería muy tranquila
al fin y al cabo.
Aproximadamente
a las 2 am, un fortísimo viento comenzó a castigar
duramente a la carpa, deformando su estructura, y reduciendo el
espacio: el lateral más expuesto al viento se venía
encima de los que intentaban, en vano, dormir en ese sector. Tuvimos
que re-acomodarnos en la mitad del espacio original, por lo que
ya resultaba imposible acostarnos. A partir de ese entonces, y
hasta las 6 am, debimos permanecer sentados, apoyando nuestras
espaldas unos con otros.
Si
bien en el exterior de la carpa había fuertes ruidos, habida
cuenta de los truenos y el viento, en el interior ya nadie hablaba.
Al sueño y al cansancio se sumaba la preocupación
por el impresionante viento que estábamos sufriendo. Y
por la fuerte lluvia, nadie quería salir a observar como
se encontraba la situación en el exterior. Uno de los integrantes
del equipo luego confesaría que en esos momentos de tensión
y angustia optó por encomendarse a Dios...
El
silencio interior se quebró súbitamente en el momento
en que comenzó a llover dentro de la carpa… el sobre-techo
se había volado por los fuertes vientos, por lo que la
carpa no nos estaba protegiendo del agua. Si queríamos
evitar que la carpa se llenase de agua, íbamos a tener
que recuperar el sobre-techo y volver a colocarlo. Por unos segundos,
nadie ofreció salir a realizar esa tarea… hasta que Patricio
generosamente se convirtió en el primer voluntario. Nicolás
inmediatamente se sumó, aunque en rigor jamás llegó
a salir de la carpa, dejando a Patricio completamente solo bajo
la lluvia…
Las
estacas de uno de los laterales del sobre-techo se habían
desprendido, por lo que debía volver a colocarse por sobre
la carpa, y luego usar las estacas para asegurarlo al piso. Toda
la operación no demandó más de 5 minutos,
pero Patricio sufriría del frío durante el resto
de la noche, a pesar de los tragos de whisky y un poderosísimo
licor que Martín había llevado.
Vueltos
a estar protegidos de la lluvia en el interior de la carpa, los
6 integrantes de la travesía nos dispusimos a esperar el
amanecer, sentados en el centro de la carpa. Pero esta vez no
sería en silencio: las quejas por nuestra dispar suerte
a lo largo del primer día de la travesía comenzaron
a escucharse. Algunos de los remeros sostenían que las
canoas se habrían hundido o perdido, y sugerían
que tendríamos que caminar hasta Cerro de la Gloria al
amanecer. Internamente, “Los del Medio” (tal la forma en que los
denominamos ( t ) ) luego reconocerían
que en realidad aquellas eran expresiones de deseo, hartos ya
de los contratiempos sufridos. Ya no les interesaba siquiera la
pérdida del depósito en garantía dejado por
las canoas: su paciencia se había agotado, y no querían
saber más nada con continuar la travesía.
En
el exterior, los vientos, las lluvias y los relámpagos
lentamente mermaban… y afortunadamente para las 6 am habían
cesado en su totalidad. Restaba ahora saber si las canoas habían
resistido o no el embate de la tormenta…
Hacia
Cerro de la Gloria, a ritmo raudo y veloz
Dado
el bajo caudal, el nivel del agua en el Canal se encontraba bajo,
y por esa razón suponemos que el viento no afectó
a las canoas. Las mismas se encontraban en el mismo lugar en el
que las dejamos, aunque ambas presentaban una importante cantidad
de agua en su interior, fruto de la lluvia. El plan debía
proseguir según lo estipulado: llegaríamos remando
a Cerro de la Gloria.
El
desayuno con mate bien caliente que pensábamos tomar antes
de proseguir con nuestra aventura quedó trunco, dado que
una de las piezas del anafe desapareció durante la ventosa
noche, inutilizando el equipo. Y esto fue un duro golpe para varios
de los integrantes, especialmente aquellos que habían sufrido
del frío en la carpa. Resignados, nos preparamos a continuar
hacia Cerro de la Gloria.
La
ardua tarea de bajarnos de las canoas el día anterior debía
ahora repetirse en sentido inverso. Dado que Martín era
el único que podía deshacer los nudos de los cabos
que ataban a las canoas, se estableció que él sería
el último en embarcarse. El primero en subir a las canoas
fue Mauro, quien debió emplear una botella de agua mineral
cortada al medio para achicar. En aproximadamente 10 minutos,
ambas canoas estaban listas para recibir al resto de los integrantes,
y así, a las 7:45, reemprendimos la travesía.
A
diferencia de la jornada anterior, el día domingo tuvimos
una fuerte corriente a favor. Empleando el GPS notamos que aún
sin remar, las canoas se movían a 3 km/h, por lo que decidimos
aprovechar esta circunstancia para intentar avanzar considerablemente
hacia nuestro objetivo.
Dado
que no había problemas de caudal, ni lo habría hasta
llegar a destino, establecimos tramos de fuerte remada de 30 minutos
de duración, período tras el cual descansábamos
5 minutos, y volvíamos a retomar nuevamente con fuerza.
Tramo tras tramo, confirmábamos con el GPS que estábamos
avanzando a un impresionante promedio de casi 8 km/h. Fue en este
momento en que la canoa más veloz pudo alcanzar una velocidad
de 10 km/h, según la medición del GPS.
Nuestro
próximo punto de referencia debía ser el Puente
de Uranga, ubicado unos 3 km antes del destino final. Por los
relatos que habíamos leído, sabíamos que
dicho Puente se puede observar desde muy lejos, y que por tal
motivo uno tiende a subestimar la distancia: tras horas de remada,
el puente sigue allí, lejos. Nosotros teníamos en
claro este efecto, por lo que no nos permitimos aflojar ante la
vista del Puente.
Por
tratarse de un canal, este tramo de la travesía es considerablemente
monótono. El canal es casi recto, y la vista se limita
a las barrancas a los costados, y al horizonte a los lejos, con
la distinguible figura del Puente de Uranga. Tan solo dos nutrias
y un carpincho que vimos zambullirse a las aguas del canal rompieron
con la monotonía. Por otro lado, el clima también
se manifestó benévolo, ya que si bien permaneció
nublado, al menos dejo de llover. Afortunadamente, no volveríamos
a sufrir frío durante el resto de la travesía.
Esa
mañana, el equipo entero se concentró en mantener
un buen ritmo de remada.
Además
de la corriente, es justo reconocer que el impresionante ritmo
con el que avanzamos esa mañana fue fruto también
del hastío que algunos sentían con respecto a la
travesía. Al menos un par de integrantes después
reconocerían que querían llegar cuanto antes a Cerro
de la Gloria, y por tal motivo realizaron esfuerzos casi sobre-humanos
por acelerar la remada.
Así
fue que a las 11 am cruzamos por debajo del Puente de Uranga,
por lo que nos encontrábamos a tan solo 3 km de la Ruta
11. De hecho, a la distancia podíamos observar esa Ruta…
¡Ya no nos faltaba casi nada por llegar! Esos últimos
3 km los realizamos en una hora, dado que ya no teníamos
el nivel de urgencia por llegar que antes, y además, sabíamos
que estábamos realmente cerca de la meta final. Incluso
realizamos paradas “técnicas” en la orilla, en las que
algunos integrantes del equipo aprovecharon para ir al baño…
A
200 metros del Puente sobre la Ruta 11, detectamos un importante
claro en la orilla del margen derecho, en el que había
amarrados 2 botes. Decidimos detenernos en ese lugar, y enviar
a 2 emisarios al puesto policial sobre la Ruta 11 para averiguar
dónde podíamos dejar las canoas y, más importarte,
dónde podíamos comer un abundante asado. Mauro y
Fernando, (“Los del Medio”), fueron los encargados de realizar
dichas averiguaciones. Cuando retornaron, nos comunicaron que
lo ideal sería dejar las canoas en un camping privado,
ubicado pasando la Ruta 11, sobre el margen izquierdo del Canal.
Es
importante destacar que en rigor de verdad “Los del Medio” no
completaron la travesía, ya que no cruzaron la Ruta 11
a remo, sino a pie. Al retornar de las averiguaciones, desistieron
de volver a embarcarse, y optaron por cruzar el puente de la Ruta
11 a pie. Hasta el día de hoy, acusan esa falta de satisfacción
por no haber completado la travesía en su totalidad.
Irónicamente,
apenas hicimos pie en el mencionado camping, el sol hizo su aparición,
por primera vez desde que habíamos salido de Guerrero 25
horas antes…
Una
vez reunidos allí debimos esperar a “Los del Medio” que
se acercaron a pie, y luego nos dirigimos a la parrilla que nos
habían recomendado en el puesto policial. Un abundante
asado sería el premio al esfuerzo y a la garra… Habíamos
llegado, a pesar de todo.
|
PERFORMANCE FINAL DE LA TRAVESIA
|
|
Tiempo
total de la travesía:
|
Aprox.
25 horas |
Tiempo
neto de navegación ( u ):
|
Aprox.
13 horas |
|
Distancia
recorrida:
|
41
km. |
|
Velocidad
promedio final:
|
3.15
km/h |
Por
último, queremos agradecer profundamente la desinteresada
colaboración de Franco, ya que sin su ayuda no hubiera
sido posible vivir la aventura que acabamos de relatar. Franco
es, sin lugar a dudas, un verdadero ejemplo del mejor espíritu
del aventurero.
Patricio
Watson